17 mar. 2012

Hipertrofias, envidias y carencias varias






En 2011 se publicaron en Francia 64.000 títulos, casi 40.000 menos que en España. Los franceses son bastantes más que nosotros y, no nos engañemos, el libro siempre ha gozado entre ellos de más respetuosa consideración, de modo que esa diferencia revela espectacularmente la incoherente hipertrofia de nuestra producción libresca. Ya sé que nuestra sobreproducción (con su secuela de tiradas casi homeopáticas) concierne a las empresas privadas, pero se supone que, en términos generales, el Estado tiene algo que decir en los problemas de los diferentes sectores económicos (si no, mejor abolirlo, como deseaba el viejo Bakunin). En todo caso, si me refiero sobre todo a Francia se debe a que, en lo que respecta a las políticas del libro, las de nuestros vecinos han sido tradicionalmente inspiración para las nuestras. Y, sin embargo, si consultan la página del centrenationaldulivre.fr, apreciarán algunas diferencias. Allí —incluso con un Gobierno conservador— no tienen ningún remilgo neoliberal en ayudar y subvencionar cuando consideran que hay que hacerlo, con y sin crisis. El año pasado, sin ir más lejos, el CNL apoyó activamente o subvencionó más de 3.000 proyectos diferentes: desde ferias, encuentros y manifestaciones literarias, a editores, autores, traductores, libreros, bibliotecas, revistas culturales, etcétera. No es que aquí no se haga nada de eso, entendámonos, pero lo de allí (donde, insisto, se publican bastantes menos títulos que aquí) da un poco de envidia (como también la da, en el ámbito de la empresa privada, el hecho de que los editores franceses se gastaran 158 millones de euros en publicidad para promocionar sus productos). Sobre el papel, las funciones del CNL (un organismo vinculado al Ministère de la Culture et la Communication) son muy semejantes a las de la Dirección General de Políticas e Industrias Culturales y del Libro, pero no me importaría que en las prioridades, objetivos, logros y comunicación también nos hiciéramos más afrancesados. Ya sé que las competencias han sido transferidas, pero eso no exime de desarrollar una política de Estado sin complejos en el área de la cultura escrita, teniendo en cuenta nuestro ordenamiento institucional y siempre en contacto con las Administraciones autonómicas. Aquí parece que ahora solo nos interese la proyección exterior, algo para lo que ya está el Instituto Cervantes, que depende de varios ministerios. Con la que está cayendo (¿hace la señora Lizaranzu suficiente trabajo de campo en las librerías?) sería bueno que la DGPICL, si es que las siglas son las correctas, se abriera más a los problemas reales (y de ahora mismo) del sector. Al fin y al cabo, y como expresó magistralmente el sabio Montaigne (en Ensayos, libro III, capítulo 3), el libro es “la mejor munición que he encontrado para el humano viaje”. Y en cualquier soporte, por cierto.

Traducciones
Hace algunas semanas me refería a una editorial que había rescatado, para una colección de clásicos destinada al gran público, determinadas traducciones “históricas” (libres de derechos), a pesar de sus carencias o su falta de rigor. Nada que ver, desde luego, con la nueva Biblioteca de traductores, un proyecto de Alianza que pretende publicar “nuevas o primeras traducciones”, realizadas ex profeso por grandes profesionales, de obras en derecho público. Los dos primeros volúmenes (en librerías a partir de la próxima semana) son Silas Marner (1861), tercera novela de George Eliot (seudónimo de Mary Ann Evans), en versión de José Luis López Muñoz, y Meaulnes, el Grande (1913), la única que llegó a publicar Alain-Fournier (seudónimo de Henri Alban-Fournier), en versión de Ramón Buenaventura: la primera, una obra maestra del realismo británico; la segunda, publicada el mismo año que la primera entrega de À la recherche du temps perdu, una obra fundamental del canon francés del siglo XX. La idea implícita en la colección es, además de ofrecer al público de nuestro tiempo impecables traducciones de obras imprescindibles del canon literario, reivindicar la coautoría de las obras en la lengua de llegada, un viejo anhelo del asendereado gremio de traductores. Sean más o menos partidarios de la traducción “palabra a palabra” o “sentido a sentido” (Borges llegó a afirmar, refiriéndose a su propia traducción del Vathek, de William Beckford, que a veces “el original es infiel a la traducción”), esta colección podría llegar a constituir una especie de monumento vivo al trabajo de los (buenos) traductores, especialmente si mantiene el nivel de excelencia y se les invita a que sean ellos mismos quienes elijan el libro. Por cierto, si desean conocer las lúcidas reflexiones acerca de su trabajo de una excelente traductora norteamericana (de autores como García Márquez, Muñoz Molina, Vargas Llosa o Cervantes), no se pierdan Por qué la traducción importa, de Edith Grossman, publicado recientemente por Katz.
MANUEL RODRIGUEZ RIVERO. EL PAIS 17-03-2012

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