30 jun. 2012

NUEVO ELOGIO DE LAS LIBRERIAS

El sadomonetarismo (el copyright del término pertenece a Krugman) se ensaña con las librerías. No sólo venden cada vez menos, sino que ha descendido espectacularmente el número de quienes entraban en ellas para hojear las novedades y ponerse al día. A la vista de la penuria, ahora resulta un sarcasmo aquello del libro como “valor refugio”, una estupidez con la que ciertos listillos se llenaban la boca durante los primeros años de esta larga crisis. La explicación de su optimismo durante 2008 y 2009 habría que buscarla en la presencia comercialmente apabullante de ciertos árboles bestselléricos (la trilogía Millennium, de Stieg Larsson, o El tiempo entre costuras, de María Dueñas, por ejemplo) que les impedían distinguir el bosque de desolación que se acercaba insidiosamente, como aquel de Birnam avanzando incontenible hacia el castillo de Macbeth. Después, a la crisis general se añadió la específica, como suele ocurrir en las tormentas perfectas: los lectores electrónicos, la piratería y la irrupción de los grandes tiburones libreros globalizados vinieron a añadirse a problemas que este sector arrastra hace tiempo. Uno de los más llamativos sigue siendo el de la endémica hipertrofia de la oferta, algo que durante muchos años ha sido considerado cifra incontestable de la pujanza y vitalidad de la edición española. Los 103.000 títulos de 2011 no auguran ningún próximo propósito de enmienda, a pesar de que hace tiempo que los célebres brotes verdes se revelaron patéticos espejismos de quienes se adentraban en el desierto sin siquiera sospecharlo. Ahora ningún político se atreve a decir en qué cota del subsuelo nos hallamos, porque saben que no les creeríamos. Y es que la experiencia revela que buena parte de los políticos miente cuando las cosas van bien, pero la inmensa mayoría lo hace cuando, como ahora, van de p*** pena, y perdónenme los asteriscos. Recibo estos días numerosos avances de la programación otoñal, y todo parece como siempre: se lanzan libros como brindis al cielo, como si estuviéramos en un país de Jauja repleto de consumidores ansiosos por gastarse la pasta. Los libreros no cesan de devolver invendidos (¿quién se atreve a adelantar un porcentaje creíble?), lo que les hace seleccionar cada vez más rigurosamente su mesa de novedades mientras suspiran por un superventas que haga saltar la caja registradora. Quizás lo consigan con la muy mediocre 50 sombras de Grey (Grijalbo), de E. L. James, primera parte de otra trilogía que, a juzgar por la muestra, convierte a la de Larsson en un inmortal monumento literario; o con Misión olvido (Temas de Hoy: a la venta en septiembre), la segunda novela de María Dueñas, a la que muchos libreros siguen considerando una especie de ángel de la guardia; o con The casual vacancy, título original de la esperada novela de adultos de J. K. Rowling, que aquí publicará Salamandra a finales de septiembre en el caso de que resulten infundados los rumores que aluden a un hipotético bloqueo (o, tal vez, pánico escénico) de su milmillonaria (en dólares) autora. En todo caso, en los últimos años han surgido en algunas ciudades españolas librerías independientes con planteamientos diferentes de los tradicionales. La otra tarde, durante un paseo por el multiétnico y vibrante barrio de Lavapiés, encontré un par (Bajo el Volcán y Burma) que han limitado drásticamente su fondo a los gustos de una clientela joven, local, exigente y participativa (en una de ellas se estaba celebrando una tertulia literaria de pago). Los tiempos exigen cambios. Y las librerías, que no nos olvidemos de que existen. Al fin y al cabo —hipócrita lector, mi semejante, mi hermano—, son parte esencial de nuestro paisaje espiritual, y lo mejor que nos puede pasar es que, con uno u otro aspecto, lo sigan siendo por mucho tiempo.
MANUEL RODRIGUEZ RIVERO. EL PAÍS 30 DE JUNIO DE 2012

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