27 jul. 2011

LOS LIBROS QUE VIENEN 3


En el mes de septiembre se publicará el nuevo libro de relatos de Gonzalo Hidalgo Bayal con el titulo "Conversaciones" en la editorial Tusquets.
Adelantamos el primer capítulo.

Prometí que nunca contaría lo que voy a contar,
pero vuestras palabras me han hecho evocar tan vivamente
aquellos tiempos, han pasado tantos años y se
trata de una historia tan desdichada, que no creo que
a estas alturas tenga la menor importancia mi promesa.
Aclararé que lo cuento con pesadumbre, que no se
trata de una presunción y que me produce una extraña
tristeza su recuerdo. Así que, si rompo la promesa
y os lo cuento, es para que tengáis noticia de otras formas
de dolor y de heroísmo. El caso es que cuando
terminé los estudios anduve unos años viviendo a salto
de mata, buscando sin éxito trabajos provechosos
y malviviendo con clases particulares de lengua o de
francés (entonces el francés era la primera lengua extranjera
por excelencia) y, sobre todo, de latín y griego.
Trabajaba en academias cochambrosas, a veces periféricas,
a veces céntricas, situadas en sótanos inmundos
o, con un poco de suerte, en la planta principal
de edificios tan rancios como peligrosos, con suelos de
madera crujiente y polvorienta y con una atmósfera
de penumbra que hoy parece inconcebible. Los dueños
de estas academias eran empresarios de la igno-
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rancia y, con criterio de agencia tributaria, nos pagaban
un porcentaje creciente de la cuota que satisfacía
cada alumno, un treinta, un cuarenta, un cincuenta
por ciento, de modo que se producía la paradoja habitual
de estos negocios, es decir, la incompatibilidad
del rendimiento económico con el provecho académico.
A mayor número de alumnos mayores beneficios,
más alto porcentaje y peores resultados. Pero, bueno,
esta historia no tiene que ver con academias, sino con
clases particulares. Alguien a quien le preocupaba mi
subsistencia me llamó un día y me propuso dar clases
particulares de griego, dos veces por semana, a un solo
alumno, en su casa. Según la norma empresarial de las
academias, dar clase a un solo alumno tenía alguna
ventaja intelectual para el alumno, pero escasa rentabilidad
económica para el profesor, de modo que no
era una propuesta enteramente apetecible, salvo por mi
situación de extrema necesidad. Hubo algo, sin embargo,
que me animó a aceptar la oferta en principio.
Como las clases serían por la mañana y yo tenía toda
la mañana libre (ya se sabe que las academias son
nocturnas o estivales), acordamos un primer encuentro
para pactar los términos del contrato, así que a la
mañana siguiente, sin encomendarme a nada ni a nadie,
me puse en camino, tras la senda de la subsistencia.
Tuve que consultar un callejero. Cogí un autobús
que me desplazó hacia el sur de la ciudad. Allí tuve que
caminar durante diez minutos hasta otra parada, donde
cogí otro autobús (un autobús destartalado y quejumbroso
que ni siquiera era digno de su nombre: de
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hecho, los usuarios lo llamaban camioneta) que me
llevó hasta la periferia y allí tuve que caminar durante
quince minutos hasta llegar, preguntando, a la dirección
que llevaba apuntada en una cartulina. Me
encontré finalmente ante un bloque de pisos nuevos,
como recién estrenados, pero de albañilería menor, marcados
ya por las huellas de la desolación, y subí a la
tercera planta. Llamé a la puerta y enseguida salió a
abrirme una mujer, que me invitó a pasar. Eres el profesor
de griego, dijo. Yo asentí y pasé. Me indicó un sillón
de mimbre, junto a una mesa camilla, con brasero
(no sé si he dicho que estábamos a mediados de
noviembre), con un mapa de hule de España y Portugal,
y preguntó si quería tomar una cerveza o un
café. Al principio dije que no, pero tras una discreta
vacilación acepté el café, para reponerme del viaje,
una verdadera odisea, pensé con ironía, un verdadero
descenso a los infiernos. Pues yo soy tu alumna, dijo
la mujer cuando me hubo servido el café, un café solo,
negro, espeso, sedimentario. Ella también se había
puesto café, en una taza idéntica a la mía, y se sentó
frente a mí. Era una mujer baja, ni guapa ni fea, yo
calculé que de treinta y dos, treinta y tres años, con
cierta dulzura en el semblante y con un vago aire de
tristeza en los ojos, como resignada a una condición
infeliz. Había dejado de estudiar a los dieciocho años,
cuando estaba en preu (preu era el equivalente de lo
que ahora llamáis cou: como veis, los programadores
de la enseñanza son adictos a las úes; a esa insignificancia
se reduce en estos tiempos la universidad: úes
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opacas; no, no sabía que ya tampoco hay cou), se había
casado joven, tenía dos hijos (estaban en el colegio),
su marido trabajaba en una fábrica de coches y
había llegado el momento, y en eso estaba de acuerdo
con su marido y con sus hijos, de no ser sólo ama
de casa y de emprender los estudios abandonados hacía
catorce o quince años. Alguna vez, de joven, se había
imaginado licenciada en arte o en literatura y, aunque
era otro ahora el propósito, el arte o la literatura seguían
siendo su objetivo. Pero había dejado el preu
con dos asignaturas colgadas, la filosofía, que era sólo
de estudiar, dijo, y el griego, que nunca había llegado
a entender y del que había olvidado incluso el alfabeto.
Por eso, ahora que quería seguir y volver al punto en
que lo había dejado, necesitaba un profesor de griego.
La historia me cautivó, así que enseguida empezamos
a hacer planes y a trazar un programa. Necesitaríamos
la sempiterna gramática de Berenguer Amenós
y los ejercicios de la Hélade para recuperar los conocimientos
remotos. Después nos acogeríamos a la Ilíada
y la Odisea, más concretamente a la antología de la
Sociedad Española de Estudios Clásicos que figuraba
como texto de traducción oficial de preu, y el diccionario
manual griego-español de José Manuel Pabón.
El griego es engañoso, le dije, parece que se olvida por
completo, pero en el momento en que uno vuelve a él
rápidamente advierte que no ha olvidado tanto como
pensaba. No es como el latín, le dije, que también es
engañoso, porque uno cree que no ha olvidado mucho
y cuando vuelve sobre él no da pie con bola. Ha-
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blamos de ciclismo y natación, de Heráclito y Parménides,
de Aquiles y las tortugas, de morfología y sintaxis,
de declinaciones y partículas, esos με′ν, esos δε′
o esos γα′ ρ que, según ella, tan complicados e inútiles
resultaban. No son inútiles, dije, son los soportes del
discurso, las muletas del sentido. Ciertamente, en efecto,
en primer lugar, por una parte, bromeé, son necesarios,
etcétera. Al fin y al cabo, yo siempre estuve de
acuerdo con nuestro profesor de lenguas clásicas. Dije
muchas cosas, naturalmente, las suficientes e incluso
más (recité, por ejemplo, el primer verso de la Odisea:
‘Aνδρα μοι ε´ννεπε, Μον¨σα, πολυ´τροπον ο´ς μα􀀀´ λα
πολλα´, un arma secreta de la memoria, háblame, musa,
del astuto varón errabundo) para que la mujer advirtiera
el nivel de mis conocimientos y se entusiasmara
con un porvenir de grandeza intelectual inmediata y
asequible. Acordamos los horarios sin dificultad: dos
clases de hora y media por semana, los martes y los
jueves, de once a doce y media, en el centro de la mañana,
por los niños, porque tenía que llevarlos al colegio
y recogerlos y darles de comer a mediodía (el
marido comía en la fábrica) y volver a llevarlos y a recogerlos
por la tarde, etcétera. Quedamos, pues, en tener
el martes siguiente la primera clase seria y provechosa.
Me despidió en la puerta y yo salí de allí con el
ánimo encogido. Me maravillaba, por una parte, que
una mujer como aquélla, con un marido y dos hijos
(no sé si eran niños o niñas, o niño y niña), en aquella
atmósfera de plexiglás, que era la forma de una ilusión
transparente, la expresión de una felicidad sinté-
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tica y humilde, quisiera dedicarse a estudiar griego y
licenciarse en arte o en literatura. Me fastidiaban, por
otra, los cálculos ganancieros: considerando la mensualidad
de las clases y descontando dos trayectos en
autobús y otros dos en camioneta, más casi una hora
de paseo entre autobús, camioneta y bloque, bloque,
camioneta y autobús, a mí no me iba a compensar en
nada un entretenimiento que me iba a llevar, en cambio,
toda la mañana. Como además tendría que dedicarme
al griego de un solo alumno, cada clase, aparte
del transporte, me supondría un porcentaje de un quinientos
por cien de hora lectiva. El acuerdo era, más
que ruinoso, temerario. Pero tampoco me atrevía a telefonear
y desdecirme de la palabra empeñada. Durante
los cuatro días que faltaban para el martes anduve
en el dilema: por una parte, imaginaba excusas
para no aceptar la oferta y, por otra, preparaba la primera
clase con todos sus pormenores, pues, en efecto,
quería demostrar que, conmigo, el griego carecía
de dificultades. Así pasaron el viernes, el sábado, el
domingo y el lunes. Cuando llegó finalmente el martes,
el primer martes, repetí el recorrido de la semana
anterior, el autobús, el paseo de diez minutos, la camioneta,
los quince minutos, hasta llegar por segunda
vez al bloque de pisos nuevos y a la desolación original
de su mezquina arquitectura, a la tercera planta
y al timbre cuando apenas faltaban tres o cuatro minutos
para las once. La mujer, que tal vez me había
visto avanzar por el descampado desde la ventana, abrió
con rapidez. Pasa, pasa, me dijo. Me invitó a sentarme
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en la mesa camilla y me ofreció (yo diría que más que
ofrecerlo lo trajo directamente, sin consultar) un café
solo. También ella se sirvió un café. Yo esperaba ver
sobre la mesa la gramática de Berenguer Amenós y la
Hélade y el diccionario manual y un cuaderno y hasta
la antología de la Ilíada y la Odisea de la Sociedad
Española de Estudios Clásicos, pero sólo estaban los
cafés y un paquete de tabaco y un encendedor y un
cenicero. ¿Empezamos?, dije apenas probé el primer
sorbo de café. Tengo que hablar contigo, respondió la
mujer con una gravedad que yo desde luego no esperaba.
Y vas a tener que disculparme, añadió. La miré
con algún desconcierto y me pareció advertir en ella
los rasgos de una incertidumbre temblorosa y vencida.
No vas a ser mi profesor de griego, dijo mirándose
las manos. En cierto modo, para mí era una solución
favorable, aunque no es lo mismo ser rechazado
que no aceptar. Quiso darme explicaciones, pero dije
que no era necesario. De hecho, cada segundo que
pasaba acrecentaba mi alivio. Pese a todo, la mujer insistió.
Es por mi marido, dijo sin mirarme. Es muy celoso.
Según parece, cuando le contó al marido que el
profesor particular era un chico joven, más joven que
ella (y que él), montó en cólera. El marido esperaba a
un jubilado tal vez, o a un monstruo deforme, como
una variación de Quasimodo, o a alguno de esos personajes
ambiguos que el costumbrismo sitúa entre el
afeminamiento o el celibato, no lo sé, lo cierto es que,
cuando supo que el profesor de lenguas clásicas era
un joven de veintitrés o veinticuatro años, se negó a
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aceptar el procedimiento pedagógico. Ha puesto una
condición, dijo la mujer: que el profesor particular de
griego sea profesora. La estoy buscando, añadió. Intenté
quitar importancia al asunto, al menos en lo que a
mí se refería, y desvié la conversación. ¿Es que no se
fía de ti?, pregunté. No es que no se fíe, dijo, es que
piensa que tres horas a la semana los dos solos tienen
que desembocar necesariamente en lo que imagina. No
se fía de mí entonces, dije. No, respondió, no se fía de
un hombre y una mujer a solas. Cuando se acabó el
café, me levanté para irme. ¿Más café?, preguntó. Entendí
que era una forma de pedir perdón, de resolver
amistosamente nuestro acuerdo, y, aunque yo no quería
irme con descortesía, tampoco me apetecía seguir
hablando y escuchando intimidades o miserias. No,
dije, mejor me voy. La mujer me acompañó hasta la
puerta y me dio la mano. Es una pena, dijo, podíamos
haber hablado de muchas cosas y estoy segura de que
habría aprendido mucho griego. Insistí en que no se
preocupara. Entonces, sin soltarme la mano, me dio un
beso en la mejilla. Adiós, dijo. Pero seguía sin soltar mi
mano. Algo debió de cruzar de pronto por su mente,
una luz fugaz, una ocurrencia traviesa. No sé. Entonces
me miró y me dio otro beso, muy suave, con los
ojos llorosos y el cuerpo estremecido. Yo me quedé inmóvil,
perplejo, indeciso. Ven, dijo. Y, como quien es
conducido con resignación al matadero, como quien
se presta a un sacrificio inaplazable, caminó delante de
mí, llevándome de la mano, hasta el dormitorio, donde
entramos como dos adolescentes indefensos e ino-
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fensivos. A las doce y media me dio la mano por tercera
y última vez en la puerta de la casa. Si hubieras
sido mi profesor de griego, esto no hubiera ocurrido,
dijo. Y me pidió un favor: que lo recordara siempre y
que nunca lo contara. Se lo prometí. Incluso hice un
juego de palabras con la traducción de las partículas del
jueves anterior: με′ν, γα′ ρ, δε′, y el marinero de la historia
inmortal. Nunca te olvidaré, fue lo último que dijo.
Salí de la casa y me encaminé hacia la camioneta. Durante
todo el trayecto me bailó en la mente la imagen
de la mujer, un rostro que se ofrecía con una tristeza
infinita y con una melancolía inagotable a una acción
imprevista. Creo que nunca me he sentido tan triste como
entonces. No me vais a creer, pero cuando me senté
en la camioneta, mientras iba recorriendo por cuarta
y última vez aquellos desmontes, dando tumbos por
aquellos descampados, sorteando los confines de la ciudad,
iba llorando. Verecundor referens. Lo confieso con
vergüenza. Las lágrimas no me dejaban ver con nitidez
la miseria del paisaje ni la suciedad ingrata de tanta
desventura. Los dioses destinaron a los míseros mortales
a vivir en la tristeza, dice Aquiles. Pues tened por
seguro que nunca me ha ocurrido nada tan triste, que
de nada me he sentido tan culpable, que nada me ha
procurado tantos remordimientos. Cada vez que me
acuerdo de aquella mujer, todavía, al cabo de treinta y
tantos años, se me hace un nudo en la garganta, me
entra un extraño hormigueo y me suben de no sé dónde
una compasión y una piedad inagotables, un sombrío
desconsuelo. Por esa desazón lo cuento.

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