15 jun. 2011

FERIA DE LLUVIA. JOAQUÍN PÉREZ AZAUSTRE


Una Feria del Libro de Madrid sin lluvia no es la Feria real, sino una mascarada de normalidad. Hace once años, en la Feria del 2000, la lluvia anegó violentamente el albero recio del Retiro durante casi una hora. Todos nos resguardamos, si no recuerdo mal, donde pudimos; pero la localización ferial escogida también significaba una definición. A mi amigo José Luis y a mí nos pilló en la caseta de la extinta librería Miguel Hernández: entonces todavía existía, pero ya en esa ocasión el librero nos dijo que era su última Feria, porque iba a cerrar poco después. Resguardados bajo el pequeño tejadillo de la caseta, veíamos llover con furia de descarga eléctrica y voraz mientras nuestros vecinos, paseantes también, de la caseta de enfrente, se refugiaban bajo las siglas de Falange: porque, en aquella Feria del Libro de 2000, las casetas de la librería Miguel Hernández y de la editorial de Falange estaban encontradas y enfrentadas, una contra la otra, otra frente a la una, mientras la lluvia nos golpeaba a todos por igual. Una chica muy joven –me imagino que tan joven como éramos nosotros diez años atrás- cogió de entre los libros allí expuestos una edición facsímil del Romancero Gitano y se puso a recitar, bajo esa lluvia pálida de junio, el romance de Preciosa y el aire, con ese cuerpo esbelto y azulado de pronto a nuestra vista bajo el vestido casi transparente por la lluvia. Todo esto ha sido siempre la Feria para mí: una letanía de seducción, una especie fina de lentos pasadizos que nos llevan de un mundo hacia otros mundos, en la constelación de editoriales ungidas bajo un cielo protector.

Para un escritor joven, que como mucho tenía conciencia de escritura y poco más, un paseo por la Feria del Libro de Madrid era una especie de parque de atracciones íntimo y cordial. Creo que las mismas editoriales de poesía de entonces son las que sigo ahora: Visor, Hiperión y Pre-Textos, con sus traducciones y sus antologías, en ese imaginario rescatado de los últimos años, ocupaban casetas en las que detenerse con una mezcla extraña y juvenil de un respeto muy ceremonial y el deseo secreto de formar parte de sus catálogos. Ya entonces importaba DVD, que había tenido el éxito del primer Pablo García Casado en Las afueras; pero no se sabía bien qué iba a pasar con ella, o si otras editoriales de poesía, como entonces Huerga y Fierro, iban a dar ese paso gigante hacia lo que se llama una buena editorial. Sobrevivía entonces, como ahora, la enérgica Endymion, vieja y militante, con ese orgullo apenas sostenido por un tesón poético, ideológico, lleno de belleza resistente. Hoy sigue editando buenos poetas nuevos, como Daniel Sanguino y Álex Portero, pero otros son los sellos de poesía que acaparan las nuevas atenciones, esencialmente tres: una Calambur crepuscular, que lo mismo recupera la poesía completa, en dos tomos, de Jesús Hilario Tundidor, como edita la estupenda Tormenta transparente, de Javier Lostalé; una Bartleby consolidada ya como una colección de poesía nueva –ahí están los Picados suaves sobre el agua, de Antonio Luis Ginés- y también de correspondencia entre la tradición y los más jóvenes, en Lecturas 21, unida a la recuperación de maestros más recientes, como la poesía completa de Ryszard Kapuscinsky; y, por último, Vandalia, la editorial de poesía de la Fundación José Manuel Lara, que este año ha publicado a nuevos poetas tan buenos como Braulio Ortiz y, especialmente, José Martínez Ros subido a sus Trenes de Europa, y también nos ha llevado, sin pudor, hacia la Biografía impura de Juan Cobos Wilkins.

Ya entonces Adonais era una colección crepuscular, pero yo buscaba entre sus libros el rastro de su época magnífica, una nómina próxima con un nuevo Valente o un Claudio Rodríguez de mi edad. Llegaron con el tiempo: Javier Vela, Antonio Lucas, un hoy desaparecido –literariamente- José Antonio Gómez-Coronado y José Luis Rey. La poesía joven de hoy entonces era un estallido que miraba una realidad sin realidades, con la barra más larga que la vida y unos brindis de absenta milenaria y purísima para ver cuantos planos del poema y la respiración podían germinar, minándose entre sí. Hoy, cuando paso por la caseta de Rialp, sigo buscando la edición facsímil de Don de la ebriedad y me emociona aún ver el mismo formato, intonso y más pequeño, del primer libro de Claudio, del mismo modo que Visor sigue siendo mi espejo, con su muestrario negro en plan cascada lúcida, envuelto en unos títulos cubren las paredes de mi casa.

En fin, la vida y su latido íntimo y crucial. Tengo la impresión de que estos años la Feria del Libro de Madrid ha cambiado muy poco. Sigue lloviendo a veces, y esa misma muchacha se aparece sin que muchos podamos descubrirla, como una forma pura que se ofrece sólo a las miradas inocentes. Aparecen nuevas editoriales, como la maravillosa Nocturna, que ha publicado uno de los libros más poéticos del año: El rey Cophetua, de Julien Gracq, que es la perfección de la novela convertida en poema preciosista, un canto secreto hacia la muerte como la seducción perfecta de la lluvia. Sin embargo, esta Feria es la misma, y el olor de la tierra mojada sigue siendo igual de penetrante. Permanecen los libros, los autores, como estatuas de sal mirando al tiempo, y también los libreros, como Antonio Méndez, ofreciendo el secreto del placer vital de la lectura como una forma antigua de vivir que hoy nos resulta, acaso, nueva y rutilante.

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